Aquí estoy.
Es la segunda vez que te escribo, o al menos, lo intento. No me aseguro de que lo leas, como la primera. Y de verdad, esto ni siquiera es un intento de llamarte, créeme que no. Pero si hablamos de
intentos, entonces hay muchos detrás de este. No sé por qué, porque pienso que
esta historia ha sido solo nuestra. Siempre me resultas difícil de escribir. Al
igual que siempre me resultaba difícil hablar de ti, porque no lo entendía. Y a
mí, que yo siempre creí que el amor era cuestión solo de mariposas, me decían “es
que no te has visto cuando hablas de él”, o “no has visto como se te iluminan
los ojos”. Aunque eso último me lo solías decir solo tú, que veías como me
quedaba callado por miedo a decirlo en alto. Qué tontería, echar la vista atrás
y ver que todo empezó antes de que yo me diese cuenta, pero estaba demasiado
asustado. Demasiado asustado de pasarlo mal, o de perderte, porque fue en tus
abrazos donde encontré lo que nunca me había dado nadie.
Y desde ese
momento decidí luchar. Luchar por mí, y por poder estar contigo. Y bueno, me
salió bien la jugada durante un tiempo, hasta que decidiste rendirte. Hasta que
no quisiste quererme más porque era mejor quererte a ti mismo. Hasta que a mí
ya no me quedaron fuerzas para seguir aferrándome a algo que no podías darme,
no me quedaron más “cuídame, porque algún día no voy a estar”. No sé si era
nuestro destino estar juntos, pero hubo un tiempo que quise hacerme el loco,
porque era feliz pensando que sí. ¿De verdad pedía tanto? Besos de buenos días,
o mensajes que escondiesen un “estoy pensando en ti, te quiero”, no sé. Saber
que estás bien a kilómetros de distancia, o no a tantos, pero saberlo. Que me
echases de menos. Pero tú parecías no hacerlo, no verlo necesario, porque “tenemos
dos conceptos distintos”. Pues bien, para mí el amor eras tú. Que, aunque lo
hiciese mal, siempre iba a buscar la mejor manera de mostrarte que lo sentía, y
que te quería. Y ya viste que me dio igual cruzarme el mar por ti, y a ti
también ha parecido darte igual, porque has preferido quedarte contigo mismo. Y
de verdad que todavía no entiendo por qué. Porque muchas veces tus ojos
parecían decirme lo contrario, o porque yo pensaba que, detrás de tu coraza, tú
también eras igual de humano como solías decirme a mí. Solía gustarte que te
quisiera, aunque a veces no supiésemos hacerlo. No supiésemos si matarnos o
querernos aún con más fuerza. Solías sacar ese niño pequeño que tanto me ha
gustado. Solías mostrarte de verdad. Fuera de las fotos, de los filtros, de
todo eso que sabes que odiaba. Y puedo asegurar, que nadie te ha conocido en la
faceta que menos quieres mostrar, y que para mí te hacía la persona más valiosa
del mundo. Porque, a pesar de todo, sabes que siempre eras mi primera opción,
incluso antes que yo mismo. Pero has preferido dejar todo a un lado, no
arriesgarte, no querer saber nada de mí y quedarte con tu amor propio, que
parece que era mejor que lo que yo te daba.
Qué tontería
también entender al final el significado de eso de “querer con locura”, “querer
sin medida”, o entender que el amor iba más allá de ese cosquilleo. De esas
sensaciones que mil veces te he dicho que han sido lo más bonito que he
sentido, y que, de verdad, nadie va a entender, ni yo voy a poder explicar. Es
una tontería también negar lo que aún es evidente, y decir que no volvería a
hacer todo lo que he hecho por ti, porque ambos sabemos lo que acabaría pasando.
Y ahora entiendo el miedo del principio, como si yo mismo me estuviese
advirtiendo de que de esto no iba a salir entero. Y entiendo ese pulso entre mi
cabeza y mi corazón, de “no le lleves el desayuno” pero “es que es un detalle”.
Y al final, ganó el corazón, entero. Y la cabeza ahora ni siquiera se lamenta,
nada. También me acuerdo de cómo, al
principio, leíste algunas cosas que escribí cuando solo había conocido el dolor
sin amor, y me dijiste que tenías miedo, que nunca ibas a llegar a hacerme
sentir todo lo que yo escribía. Y a día de hoy, y como ya hice en su día, te
felicito, porque has conseguido demostrarme que sí pudiste. Y que yo, a pesar
de no creerlo posible, también pude sentirlo. Y a pesar de no saber si algún
día leerás esto, o de si lo publicaré, es mi manera de mostrar que sí, que soy
mucho más humano. Que gracias a eso, a ser humano y no frío, o superficial, al
igual que sufro, he podido sentir.
Cómo es
verdad que el tiempo lo hace poco a poco. Cómo dos meses después, en el mismo cine, en la misma sala, pero esa vez con un par de besos. Cómo el último día, algo pareció querer ponerse de acuerdo con esto y ponernos banda sonora. Cómo sonaban esas letras, cómo hablaban de amor, y ambos lo sabíamos. Podríamos pensar que era por y para nosotros. Y yo así lo hago. Cómo las canciones tienen sentido,
aunque no ahora. Ahora veo que nadie puede describir lo que es hasta que lo
siente. Cómo, como me dijo una amiga, “hasta que no lo tienes en tus propios
brazos no lo reconoces”. No reconoces que son esos ojos, que es esa persona, la
que te ha marcado por primera vez. Y dicen que el primer amor no se olvida
nunca, cuéntamelo dentro de unos años si has olvidado que tu primer amor has
sido tú y los demás irán yendo y viniendo, como para todos. Cuéntame que yo fui
el primero que se quedó, y no hablo de quedarme dormido viendo la Bella Durmiente, o dándote la mano. El que te vio tirar el café, el que no salió huyendo "ese" día, porque..." ¿Y sí es él?". Y cuéntame si los que han pasado hasta ese momento,
te han mirado con mis ojos, o te han besado de la misma manera. Te han sacado a
bailar en medio de Londres sin música de por medio, cantando una canción de esa
película que vimos cuando teníamos once años, o en una tienda de M&M's, cantando a grito pelado y marcando goles que celebrabamos con gente mirándonos raro. Cuéntame si a ellos les da lo mismo, y les sabe mejor una hamburguesa en el sitio más cutre de Madrid contigo, o un plato de los que a ti te gustan. Contémonos lo que nos han querido los demás. Cuéntamelo. Cuéntatelo. Y a
ellos, también. Cuéntaselo. Cuéntales esto.



