Es ese jodido vicio que tengo de querer tener tus labios pegados a los míos. Esa sensación, ese sentimiento de deseo, esa llama interna que aparece cada vez que hacemos un viaje al cielo entre los dos sin movernos de la habitación. Y lo cierto es que todo se ve mejor cuando el sol se esfuma, y solamente me iluminan tus pupilas, tu sonrisa y las estrellas. Puedo verlo en tus ojos, ese fuego. Esa forma lenta que tienes de hacerme morir, de consumirme tan lentamente. Pero pronto encuentro la solución a esa agonía que resulta tan lujuriosa y excitante, cobro vida cada vez que te rozo. Pruébame, bébete mi alma. Enséñame todo lo que no sé, todas esas cosas de las que solamente es testigo la luna, el colchón, y nosotros. Es entonces cuando empiezo a estremecerme, a mimetizarme, y me doy cuenta de que le pertenezco, de que le pertenecemos. A ella. A la oscuridad de la noche. Y de repente pierdo los estribos completa e irrefrenablemente. Me comporto como un animal salvaje en plena naturaleza, buscando una forma de saciar la sed que tengo de ti, de tu cuerpo. Y nos cubrimos de vicios. Sucios y placenteros vicios. Ahogando suspiros, gemidos, respirando esa manera plena en la que nos dejamos llevar por el placer, perdiendo el raciocinio, gritando todos nuestros secretos, cometiendo todos esos pecados que algún día juramos no cometer, fundiéndonos en una sola persona, recorriendo cada recoveco de nuestros cuerpos y memorizándolos con las yemas de los dedos, perdiéndonos entre las sabanas y dejando la pasión marcada en nuestras pieles y nuestros corazones. Comprendo que nos espera quizás un viaje de ida al infierno, paraíso para los pecadores. Y entonces caigo en la cuenta de que a partir de esta noche no habrá remordimientos, arrepentimientos o inhibiciones. Simplemente tú. Siemplemente tú y yo. Tu cuerpo. Mi cuerpo. Nuestros cuerpos.

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