Eres complicado. A veces resultas tan amargo como el café de por las mañanas, sin azúcar, y además tienes un olor más embriagador aún. Otras veces eres dulce, aunque sea con ese mínimo de dulzura que todo el mundo necesita de vez en cuando. Te asemejas a los dientes de león. Tú eres más bonito, pero te esfumas con un simple soplo. Puedes resultar volátil como un gas, o reconfortante, como ese calor que puede respirarse en lo que llamamos "hogar, dulce hogar". Tan pronto sonríes y sacas la lengua como un niño de esa forma pilla que suele gustarme tanto, como tan pronto me resulta incómodo mirarte porque estás enfadado. Puedes robarme un puñado de sonrisas y unos cuantos "te quiero" con alguna cosa que me escribas, como de pronto me sacas las lágrimas y me haces sentirme mal conmigo mismo durante el tiempo que tú decides sentirte molesto. Puedo tenerte muy cerca de mí y aún así sentir que estás lejos, o sentir que no quiero ni ropa ni aire entre nosotros dos. Desde luego sabes como hacerme desenfadar, conoces todos y cada uno de mis puntos débiles. Aunque sería más correcto decir que todos mis puntos se vuelven débiles cuando se trata de ti. Ambos podemos sacar lo peor de cada uno, pero sin duda lo mejor es lo que sale solo, con el simple detalle de tenerte a mi lado. Y al margen de nuestras complicaciones, te quiero. Te quiero algunas veces, y otras también.
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